EL PRISMA VIOLETA: MORIR NO ES NADA, VIVIR LO ES TODO ** Ana Calafat ** Cuento  

Publicado por: Pandora

El pasado 1 de Diciembre, fue el Día Internacional del sida. Sobre esta enfermedad ya se ha dicho todo, para bien o para mal, yo no voy a aportar nada nuevo, eso sí, me quedo con una frase que quizás lo diga todo:

“Si me besas te transmitiré ternura”.



MORIR NO ES NADA, VIVIR LO ES TODO

El mar se abría al horizonte con sus enormes alas desplegadas, acariciando mi mirada. Con sus suaves olas cargadas de espuma blanca emanaba un mundo lleno de posibilidades. Como cada mañana, al amanecer, me acercaba a la orilla para ver cómo los barcos se aproximaban, lentos, ceremoniosos, al puerto. Sentada sobre aquel muro de piedra fría los miraba, como una novia al pie del altar con su corona de azahar sobre la cabeza, las manos temblorosas, llena de felicidad al ver junto a mí al amor. Nunca perdía la esperanza, cada día era nueva. Renovada…

Él me había dado una noche, sólo una noche, pero fue suficiente para entregarle toda mi vida…Era una tarde tranquila, las gaviotas volaban bajo dejando ver sus ceremoniosos vuelos majestuosos, cuando una voz ronca me preguntó:

-¿Perdone señorita sabría decirme donde hay un sitio para tomar unas copas y divertirse un poco en esta ciudad?

Me giré para contestarle, y vi unos enormes ojos que me miraban penetrándome y haciéndome temblar de nerviosismo. Traté sin conseguirlo de tranquilizarme.

-Justo enfrente, hay un pequeño pub muy agradable- le contesté.

-Gracias señorita, necesito un trago antes de pedirle…

Cruzó la calle como escapando de mí. Lo vi alejarse y quise retenerlo, pero él ya había cruzado la calle y entrado en aquel pub. Seguí caminando acariciando la idea de estar con aquel hombre, que sin apenas conocerlo me había hecho sentir un calor sofocante. Mi lengua rozó mis labios como si se tratara de los suyos, sintiendo un beso que me alimentó mi sediento cuerpo. Pensé en volver sobre mis pasos y entrar en aquel local para encontrarme con él, pero una voz me decía: “Las mujeres no se entregan a un hombre la primera noche”, pero yo quería entregarme sin reservas…Una lucha en mi interior se fraguó con un desenlace sobrecogedor. Di la vuelta y me dirigí hacia el lugar donde supuestamente estaba aquel marinero, abrí la puerta decidida, como si otra persona se hubiese apoderado de mi cuerpo. El interior era oscuro, lo cual impedía mi visión un poco. Me senté en la barra.

-¿Qué desea señorita?- me preguntó el camarero.

-Un gin tonic- le contesté.

En el primer trago, me sentí mejor y miré alrededor, buscando, pero no estaba, así que un poco desconcertada tomé mi copa, pagué y cuando estaba empujando la puerta para salir, un hombre entró haciéndome retroceder. Era él, agaché la mirada para que no me reconociera, pero era tarde, tarde para cualquier otra cosa que no fuera… Mis pensamientos se paralizaron cuando me dijo:

-¿Ya te vas?

No supe que contestar. Me cogió del brazo y entramos los dos sumidos en una nube que nos llevaría a una noche llena de salvaje sexo, tan salvaje que aún hoy cuando lo pienso el calor invade todo mi cuerpo haciéndome revivir una y otra vez aquel duelo de amor.

Pero el tiempo había pasado y aquel marinero no volvió. Tampoco ninguna noticia por más que preguntaba a todos los marineros. Nadie parecía conocerlo.

La gente me llamaba la loca del puerto, pero no me importaba. Yo seguía esperando a mi amor día tras día.

Aquella mañana parecía como el fondo de un cuento de Lovecraft. La niebla no dejaba ver nada y el frío era sepulcral. Tenía miedo, así que decidí volver a la calidez del hogar, cuando un brazo débil me agarró, susurrándome al oído:

-Llévame otra vez a tu lecho, envuélveme en tus alas, antes que la muerte me encuentre…Nunca he podido olvidarte, te quiero ahora y siempre.

Fui a abrazarlo, pero la nada estaba a mi alrededor. Corrí hasta llegar a mi casa y darme una ducha caliente antes de coger una pulmonía. La chimenea, con sus cálidas llamas, había calmado mi desesperación…Enchufé la televisión y una noticia me impactó: “Hombre indigente muere de frío en el puerto. Sus restos serán incinerados mañana”. No pude escuchar más. Un temblor invadió mi ser. ¿SERÍA ÉL? Me abrigué para ir al encuentro de aquellos restos que a nadie parecían importarle. Crucé la ciudad hasta llegar al depósito. Un amable hombre me atendió, acompañándome hasta la sala donde podría ver a aquel hombre. Ya en el interior, un escalofrío me estremeció, pero no desistí…Quería verlo, deseaba con todas mis fuerzas que no fuera él. La cámara se abrió y el cuerpo estaba delante de mí. Contuve la respiración… Desgraciadamente sí lo era. Aunque sólo lo había visto aquella noche, lo sabía. Era él.

-Dígame…¿ Llevaba documentación encima?- le pregunté al amable señor.

-Sí, ahora le daré sus pertenencias- me contestó.

Ya en el despacho me dijo:

-¿Es usted familiar?

-No, no lo soy.

-Está bien, no importa. De todas formas nadie ha venido a reclamar sus restos.

Cogí la bolsa negra y me dirigí a casa. Apretaba la bolsa junto al corazón, emocionada, volviendo a sentirlo cerca. Subí las escaleras tan aprisa que me faltaba la respiración. Abrí la puerta, colgué el abrigo y me senté junto al fuego. Al fin abrí la bolsa, un abrigo viejo, zapatos, nada que me diera ninguna pista del porqué estaba allí en mi ciudad el día de su muerte. Me recliné mirando las llamas extinguirse, cuando algo me llevó a buscar en los bolsillos del abrigo. Allí, olvidado por el tiempo, un sobre con un nombre: Genoveva. ¿Cómo había sabido mi nombre? La abrí apresurada y empecé a leerla. En ella me contaba que su vida no había sido lo que esperaba. Al final me decía que me había querido más en una noche de lo nunca había querido a nadie. Terminaba diciendo:

-Sé que mis días están contados y que la muerte me ronda, pero antes quisiera decirte que me muero de sida. No sé cuando empezó, si antes o después de conocerte. Sólo fue una noche, pero tenía que decírtelo. Espero que me perdones como yo he intentado perdonarme. Soy un cobarde y, aunque te he visto en el puerto, jamás me atreví a acercarme a ti. Si al final lees mi carta es que habré fallecido. Sólo te pido un último favor: esparce mis cenizas cerca del puerto, donde tú y yo hicimos el amor.

Unas lágrimas asomaron a mis ojos…Al día siguiente, tras la incineración, esparcí su cenizas cerca de puerto. Un poema de Benedetti acompañó aquellas cenizas. “Hagamos un trato”, naturalmente, era mi poema favorito.

Tras despertar aquella mañana, me dirigí al hospital para hacerme todas las pruebas del sida

Los resultados fueron positivos. Era portadora, pero no me asusté. La vida es un largo camino hasta la muerte y yo no iba a ser diferente. A partir de entonces iba sólo de vez en cuando al puerto, pero ya no miraba los barcos sino a la gente pasear y, cómo no, las puestas de sol, agradeciendo cada día el poder ver todo aquello con los ojos de la inocencia, pues como dijo Fellini: “Jamás pierdas la inocencia”.


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1 comentarios

Anónimo  

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2 de febrero de 2022, 11:38

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